Sábado, Mayo 25, 2019
   
Texto

El rincón de la psiquiatría legal

‘Temperamentos’

El término “temperamento”, que generalmente manejamos de forma imprecisa, hace referencia a la manera natural con que un ser humano determinado, y debido a su sistema nervioso en concreto, interactúa con el entorno. El temperamento, desde Hipócrates, recordemos aquella teoría humoral, y posteriormente con Galeno, se interpretó ya como algo completamente biológico. El temperamento está constituido a su vez por los instintos y por la afectividad, siendo por tanto el estrato básico más profundo y biológicamente determinado de nuestra personalidad. Hoy se consideran como categorías temperamentales, la intensidad de reacción, el umbral de respuesta a los diferentes estímulos, el ritmo de los ciclos alimentarios o de vigilia-sueño, la calidad particular del humor, etc., características que, casi como una huella dactilar, también nos hacen a cada uno de nosotros distinto a los demás. El temperamento, junto a la inteligencia y el carácter, forma parte de la personalidad. Tanto el temperamento como el núcleo de la inteligencia, dependen estrictamente de factores genéticos, por el contrario, el carácter es forjado por la interacción del sujeto con el ambiente concreto en el que se desarrolla. 

Desde antaño, fuimos conscientes de la asociación entre el aspecto físico determinado de una persona y un temperamento en particular. Al respecto, en el campo de la literatura, los autores, con la descripción perfilada de la morfología de sus personajes, ya permitían intuir al lector sobre el temperamento de los mismos, como así se hace patente en la lectura. De esta manera, Cervantes, entre nosotros, se refiere a Sancho como alguien cari-redondo y chato, y a D. Quijote como enteco y flaco que parecía hecho de carne momia, adelantando eso, temperamentos distintos. Lo mismo hace Shakespeare, también de forma magistral, por ejemplo, con Hotspur, Falstaff o Hamlet, tres personajes de aspecto físico muy distinto, presentando así disparidad temperamental.

Ya en psiquiatría, la escuela científica que se ocupa primero por el estudio del temperamento y su relación con la morfología individual es la de Ernst Kretschmer (1888-1964), comprobando por medio de sus observaciones clínicas, que había además enfermedades mentales relacionadas con el temperamento y la morfología distinta de los pacientes; así observó que la psicosis maniaco depresiva aparecía principalmente en un tipo que él mismo clasificó como pícnico (bajito y regordito) y que en cambio, la esquizofrenia se daba principalmente en un tipo morfológico al que llamó asténico (de aspecto alto y delgado). Sin obviar las aportaciones posteriores de Carl Gustav Jung (1875-1961), plasmadas en su obra Tipos psicológicos, y al que debemos los términos de temperamentos introvertidos y extrovertidos, de forma corriente muy usados hoy en día, el profesor americano William Herbert Sheldon (1898-1977) concluyó igualmente en un estudio estadístico experimental desarrollado con estudiantes de la Universidad de Harvard, que sí, que cada persona tiene una constitución física enlazada con un determinado temperamento. Recordando su estudio, en lo que respecta a constitución física describió la endomorfia (predominio de la redondez y la blandura con un fuerte desarrollo del aparato digestivo), la mesomorfia (fuerte desarrollo muscular con un cuerpo fuerte, pesado y rectangular) y la ectomorfia (de predominio lineal con tendencia a la delgadez, presentando a su vez un sistema nervioso muy desarrollado). Con respecto a los temperamentos, describió tres, a los que enlazó respectivamente con esas constituciones físicas, así acuñó la viscerotonia, la somatotonia y la cerebrotonia, clasificación de poco uso en la actualidad, pero como vamos a ver, sin desperdicio alguno por su peculiaridad descriptiva.

El viscerotónico es una persona bastante gruesa, baja, floja, de facciones lacias y de poca rudeza en sus movimientos; para el viscerotónico, el principal objetivo de la vida es la nutrición. El mayor placer para el viscerotónico es sin duda, el de la hora de la comida, los placeres de la mesa. El viscerotónico come muy bien y se deleita con la digestión. Al viscerotónico le encanta comer, pero en compañía; para él la mejor manera de celebrar un acontecimiento social es con un banquete. Todo lo que representa la comida es el centro de la existencia del viscerotónico. Le encanta todo lo ceremonioso, una Comunión, una petición de mano, etc., con convite, claro. Para el viscerotónico, la edad mejor que vivió y en la le gustaría siempre vivir es la infancia. Es amable, perdona, es simpático con todo el mundo, le gusta la vida sencilla y por lo general, está muy bien adaptado en la sociedad en la que vive. Suele dormir bien, se acuesta pronto, duerme bastantes horas.

El somatotónico es esencialmente una persona activa, su mayor aspiración es siempre tener algo que hacer. Su edad preferida para vivir es la juventud, etapa en la que se tienen muchas fuerzas para superar los obstáculos, cuando se puede trabajar. La enfermedad del somatotónico es la inactividad. El somatotónico tiene un instinto de agresión muy vivo, le encanta la competición, ama la vida moderna, el dinamismo, la música, sin importarle el ruido que pueda armar. El somatotónico come de forma voraz, no le importa poco hacerlo solo. Necesita dormir poco tiempo y ello no le impide llevar al día siguiente una actividad ilimitada, mostrando muy raramente cansancio o fatiga.

El tercer componente temperamental de Sheldon lo constituye la cerebrotonia. El cerebrotónico es de por sí un temperamento inhibido, siempre tiene que estar sometido a tensión, es una persona con una vida interior ágil y viva pero con grandes dificultades para relacionarse con la gente; casi nunca busca apoyo en los demás. Se dice que la vida del cerebrotónico va girando en torno al instinto sexual; su inhibición hace que tenga grandes dificultades para resolver los problemas que le plantea el sexo. El cerebrotónico tiene siempre una fatiga crónica, tiene un sueño superficial y poco reparador y como consecuencia se levantan mal, siendo la mañana el momento del día que pasan peor, despejándose progresivamente a lo largo del día. Los cerebrotónicos tienen gran sensibilidad frente al dolor físico. Se trata de personas también con gran sensibilidad frente al prójimo, siendo inacapaces de demostrar ante ellos una competición agresiva, son muy caritativos y profundos. Al cerebrotónico le encanta la madurez como edad, les preocupan los problemas metafísicos. Son muy sensibles al ruido.

Como es lógico suponer, existe un continuum tanto en esas constituciones físicas descritas como en los componentes temperamentales comentados, de forma que en lo que respecta a morfología se habla de predominio de una u otra tendencia constitucional y en cuanto a los temperamentos, pasa algo similar, se sabe que los más frecuentes son los temperamentos compuestos.

No sería justo terminar estas pinceladas que he pretendido dar sobre el temperamento, sin nombrar los estudios vigentes de Hans Eysenk (1916-1997), autor que desde su perspectiva biologicista, profundiza aún más en esas bases fisiológicas y genéticas del temperamento, concibiendo tres dimensiones: social, emotiva e impulsiva, todas ellas naturalmente con bases biológicas, a las que llamó respectivamente Extraversión, Neuroticismo y Psicoticismo y que consideró además como los motores de los tres tipos de conducta humana: reproducción, conservación y autodefensa.

 

Vandalismo

El vandalismo se puede definir de muchas formas pero, en general, se acepta que es la “actitud o la inclinación a cometer actos destructivos contra la propiedad pública o ajena sin consideración alguna y con el implícito menosprecio por los demás”. El término proviene precisamente de los comportamientos extremadamente destructivos que mostraban los vándalos en la época del imperio romano y que como concepto, plasma por primera vez Henri Grégorie (1750-1831) para describir el comportamiento del ejército republicano en la Revolución francesa.

Encontramos el vandalismo en distintos sitios y en cualquier escenario, lo mismo en mobiliario urbano, en un aparcamiento, en un estadio de fútbol o incluso, ahora con las nuevas tecnologías, también en la red; de hecho, la famosa Wikipedia ha incluido el concepto de vandalismo como “adición, eliminación o modificación del contenido de una página de Wikipedia realizada de manera deliberada para comprometer la integridad de la misma”.

El vandalismo es mucho más frecuente en el sexo masculino, lo que daría ventaja a las teorías cromosómicas y hormonales; también aparece más en personas jóvenes, dando prioridad a las ambientalistas. Aunque el acto vandálico pueda llevarse a cabo de forma individual, es más frecuente en grupos. Una teoría dinámica explicativa acerca del fenómeno dice que el vándalo se encuentra desarraigado y que en general tiene escasa vinculación paterna, entendida como carencia, generándose un miedo vertiginoso a la soledad que a su vez conlleva al sujeto a agruparse en pandillas; en éstas no es infrecuente encontrar un líder con perfil psicopático (o más acentuado que el de otros integrantes) y sería precisamente la violencia la que actuaría de mecanismo de unión frente a una circunstancia. De esta forma, el grupo buscaría siempre “lo enemigo”, para ellos el objeto “malo”, como diría Melanie Klein (1882-1960), con el fin de mantener tanto su hegemonía como su estructura, siendo éste su verdadero beneficio. En esta unidad mental de la muchedumbre pueden formar parte individuos motivados por diversas razones y sus integrantes no son siempre delincuentes comunes ni tienen por qué siempre pertenecer a estamentos sociales bajos o marginales, aunque tirando de estadística hay que admitir que en éstos sea más frecuente. La agresividad del vándalo, tanto considerada de forma individual o la resultante del grupo, que más que sumarse, se potencia, es una forma de agresión desplazada que no se dirige ya a las fuentes reales de la frustración personal sino a objetivos colectivos que no puedan defenderse y en el que el establecimiento de la culpabilidad realmente no importe como valor moral. Autores como el sociólogo Durkheim (1958-1917) consideraron al vandalismo como una suma de hostilidad, salvajismo y primitividad de la masa.

En el grupo vandálico hay muchos factores de refuerzo y entre ellos; yo destacaría principalmente tres, el anonimato, la masificación del grupo y, tercero, el consumo de alcohol y drogas, factores que lo hacen todavía más “omnipotente”. Precisamente tanto el primero como el segundo, son causan muchas veces de que los vándalos se incluyan dentro de manifestaciones que en principio se anuncien como pacíficas y cuyas reivindicaciones no vayan con ellos o que no les importen realmente, siendo aquéllos los factores atrayentes que hagan despertar la conducta vandálica; además, ésta es más frecuente que se incremente proporcionalmente cuando esos dos factores aumentan. En cuanto al último factor, el del consumo de sustancias,  convierten al vándalo mucho más peligroso tanto por el grado de desinhibición que le produce, sobre todo en lo que respecta al alcohol, como por el estado de enajenación y desconexión con la realidad que le inducen, más frecuente en el caso de los psicotrópicos; baste recordar los actos vandálicos de determinados hinchas de equipos de futbol enloquecidos previamente con ingestas excesivas de cerveza, otras bebidas alcohólicas o algo más...

El comportamiento vandálico puede ir o no, asociado a trastorno mental; son cosas independientes. No todo vándalo es un enfermo. De todos los trastornos mentales, es, sin duda, el trastorno de la personalidad el que se puede encontrar con más frecuencia asociado al fenómeno y más concretamente el Trastorno de la personalidad antisocial, estando por detrás el Trastorno de la personalidad límite (en estos, gran parte de la agresividad es intrapunitiva, encontrando también en ellos más inestabilidad emocional). Como trastornos de personalidad, el curso de los mismos es crónico, pero sí es cierto que hay rasgos que se pueden atenuar con la edad, siendo precisamente la agresividad, también la asociada al vandalismo, uno de los que puedan mitigarse. Hay también otros casos aislados de trastornos mentales asociados a actos vandálicos muy concretos como los producidos por enfermos psicóticos de diversa etiología, personas con discapacidad intelectual, etc.

 

A propósito del crimen de la catana

Aunque de forma cotidiana entendamos por epilepsia como un trastorno en el que el paciente sufre una serie de convulsiones, cae al suelo, se orina y puede ocluir con su lengua las vías respiratorias precisando atención rápida, no siempre tiene que ser así, siendo posible padecer la enfermedad sin mostrar cuadro motor como el citado. La palabra “epilepsia” viene de eclipse, como algo que ocurre de forma sorprendente y que posteriormente vuelve a la normalidad. El conocimiento del fenómeno es antiguo y como curiosidad, comentar que a la crisis epiléptica se le conoce también como crisis comicial precisamente por el hecho de que suspendían los Comicios romanos hasta que el afectado por el mal se recuperara e integrara de nuevo a los mismos.

La epilepsia se caracteriza porque en el cerebro un grupo de células (las neuronas) pierden su actividad bioeléctrica normal de funcionamiento y, a modo de descarga excesiva, se produce lo que se conoce como una hipersincronía, que define íntimamente al trastorno. Esta descarga, más frecuentemente al principio focal, puede extenderse de forma centrífuga también al resto de cerebro, reclutando más neuronas a modo de ola, de forma que si se inicia en la corteza puede llegar más profundamente incluso al centroencéfalo, alterándose así la conciencia vigil (la unidad de encendido de nuestro ordenador). La causa, la etiología de la descarga, puede ser diversa, un tumor, un traumatismo, lesiones congénitas, arterioesclerosis, infecciones, etc., y otras veces no la encontramos, hablándose en este caso de epilepsia idiopática.

A grosso modo, en el cerebro se distingue la corteza y la zona subcortical y como sabemos cada zona del cerebro está especializada a su vez en una función, pues bien, dependiendo de dónde esté el foco epiléptico encontraremos una u otra sintomatología; así, si ocurre en zona motora habrá convulsiones, si la afectada es la zona sensorial se afectará la percepción y si se trata del lóbulo temporal, que es, con diferencia, el más complejo de todo el cerebro humano, habrá una clínica y un comportamiento complejo, no muy fácil de entender y explicar.
La epilepsia del lóbulo temporal siempre ha sido de gran interés clínico y forense. El neurólogo Oliver Sacks (1933-2015) llevó también su apasionante experiencia profesional sobre el tema al mundo de la literatura. La manifestación del cuadro puede ser diversa abarcando así un abanico que va desde convulsiones hasta sintomatología psicótica, de delirios y alucinaciones; baste recordar curiosamente que en el lóbulo temporal hay un surco anatómico, el surco transverso, donde pasan radiaciones auditivas, gustativas, olfativas y otras vinculadas a la visión, pudiendo pues encontrar alucinaciones de distinto tipo.

Precisamente, estos días pasados la epilepsia de lóbulo temporal ha estado de actualidad a raíz de rememorarse diecisiete años del conocido Crimen de la Catana y emitirse al respecto un programa en el canal televisivo DMax. En aquel juicio, el prestigioso forense profesor José Antonio García Andrade (1928-2013) y mi maestro el eminente catedrático de psiquiatría Demetrio Barcia Salorio, defendieron siempre la hipótesis de que ése era el trastorno que afectaba a José Rabadán, siendo por tanto la causa de los atroces hechos.

En la epilepsia del lóbulo temporal, además de las posibles citadas convulsiones y psicosis, es frecuente encontrar alteración del estado de la conciencia o una ligera disminución del nivel de la misma que se conoce como estado crepuscular, que viene de “crepúsculo”, haciendo así alusión a algo intermedio, como la falta de la claridad del día con ausencia de la oscuridad de la noche. En ese estado crepuscular, que de forma documentada sabemos a veces puede durar incluso días, no hay un control total en la función de pensar de forma voluntaria, apareciendo entre otros una liberación de conductas impulsivas e instintivas, dando paso a actos de agresión inmotivada muy cargados de hostilidad, siendo muy típicos los actos de reiteración y repetitividad (donde dan un golpe dan otro), imprimiendo un carácter automático, muy distinto a lo que pasa en caso de ensañamiento; eso mostraron las autopsias de los cuerpos.

Aunque incluso para algunos profesionales pudiera ser una hipótesis de ciencia ficción, nada más lejos de la realidad. El paso de los años ha demostrado que Rabadán es una persona de apariencia y conducta normales y que durante los años de condena, supervisados por profesionales expertos, nunca se observaron síntomas que pudieran configurar otros trastornos mentales o rasgos de personalidad que apuntasen a otros diagnósticos que pudieran justificar así el triple parricidio.

   

'José Manuel Maza, in memoriam'

Cuando el nombre de José Manuel Maza Martín (1951-2017) sonaba con más frecuencia en los medios de comunicación desde el pasado año a raíz de ser nombrado Fiscal General del Estado, ya seguía el servidor parte de su valía y obra, no precisamente como hombre de leyes que fue, sino por su faceta de coautor del Tratado de Psiquiatría Legal y Forense junto al Dr. Juan José Carrasco Gómez.

En ese prólogo del texto docente de referencia del Master que realicé y que primero apareció allá por 1995 como manual, reza por la necesidad de facilitar la aproximación y el conocimiento mutuo entre el mundo de la Psiquiatría y el del Derecho; disciplinas dinámicas distintas pero destinadas a crecer juntas y condenadas a entenderse y por tanto, a la implícita necesidad de buscar un discurso común fruto de ambos lenguajes.

En el extenso tocho de más de dos mil páginas que componen el ejemplar de la cuarta edición que poseo, alaba también las clasificaciones internacionales de los trastornos mentales, esto es, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos mentales (DSM) correspondiente a la Asociación Psiquiátrica Americana (APA) y a la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ya que como decía en una frase corta y a la vez magistral, producían una “saludable homogenización de diagnósticos”, lo que también facilita la labor, vaya que sí, al jurista.

En un mundo donde cada vez hay más diversidad y super-especialización, se llegará a un momento en el que no se pueda acceder al conocimiento ya que todo sonará a chino, de ahí la necesidad, en la medida que se pueda, de contraer y clarificar conceptos para el entendimiento de la mayor cantidad de gente posible hasta una hipotética universalidad. Si leemos lo que dice el prólogo del DSM en su quinta edición, DSM-5, el manual se redactó para satisfacer las necesidades de los clínicos, los profesionales de la salud pública y los investigadores, antes que las necesidades técnicas de los juzgados y de los profesionales que prestan servicios legales. Esta inevitable diferencia es precisamente la que Maza quiso minimizar en lo posible con esta su obra.

La información diagnóstica referida a un trastorno mental así como el procedimiento para obtenerla, pueden ayudar también a los profesionales de la ley a tomar decisiones. Textos como el DSM y el ICD ayudan a quienes tienen que dar soluciones legales y a comprender las características más relevantes de los trastornos mentales. Además, la información sobre la evolución clínica, esto es, el curso clínico del trastorno, ayudará a mejorar la toma de decisiones cuando la cuestión legal se relacione con el funcionamiento mental del individuo tanto en situaciones pasadas como futuras.

Por último, tanto el tratado de Maza como el propio DSM-5, éste en su apartado de declaración cautelar para el empleo forense, subrayan y exaltan la experiencia; el primero, como condición indispensable para escribir una obra de ese tipo, a quien va dirigida y para el ejercicio que se va a aplicar, y el segundo persuadiendo de su uso a personas sin la respectiva formación adecuada en las citadas disciplinas, por tanto dando un mensaje indirecto de invitación a sumergirse en su conocimiento.
D.E.P

 

De la interpretación psicodinámica del delito

Se reconozca o no la importancia que tiene hoy día la explicación psicodinámica para entender algunos trastornos mentales o determinadas manifestaciones de la conducta humana, es innegable que la exploración psicopatológica a partir de Freud (1856-1939) ya no fue la misma y adquirió una nueva dimensión, no limitándose solo al estudio de lo consciente sino entrando y ahondando en “otra” estructura psíquica. Como consecuencia de esta contribución, que condujo junto con la de Emil Kraepelin (1856-1926) a la Tercera Revolución Psiquiátrica, la historia clínica dejó de ser meramente patográfica para convertirse en pato(bio)gráfica, dando por tanto importancia a los acontecimientos vividos por el paciente ya desde su infancia en la comprensión general de su estado. Este hecho condujo a una apertura de fronteras por parte de la medicina, que se hizo cada vez más psicosomática, y de la psicología, extendiéndose también al estudio de la conducta delictiva.

Paradójicamente, el término de inconsciente como lo no consciente, salió de la pluma de un jurista, el escocés Lord Kames (1696-1782) siendo posteriormente introducido en el Romanticismo alemán, al parecer primero en su literatura, y en Francia; en este último país, como vida no consciente, es acogido y plasmado en 1878 en el Diccionario de la Academia francesa. A Francia y más concretamente a La Soborna es precisamente donde va a estudiar en 1881 el joven austriaco Sigmund Freud, que, como alumno del neurólogo Jean Martin Charcot (1825-1893) se da de bruces con el “inconsciente”, considerándolo poco más tarde él como aquel lugar donde se encuentran unos concretos afectos “olvidados”; dice, es la Represión la fuerza que rechaza los afectos no tolerados al mundo inconsciente, convirtiéndolos, ya en el destierro, en afectos reprimidos. Posteriormente Freud irá acuñando otros conceptos y que a todos nos son familiares: Ello, Yo, Superyó, mecanismos de defensa, actos fallidos, etc., estructurándose el Psicoanálisis.

Cuanto más incomprensible y grave es un delito es cuando más es necesario introducirse y bucear en la biografía y en el inconsciente del autor, recurso que usamos para, si no dar respuesta lógica a aquel suceso, aproximarnos a lo acontecido, eso que muchas veces por monstruosidad nos deja perplejos. A modo de ejemplo muy actual, si un sujeto mata a su pareja que le ha comunicado que lo quiere abandonar, un análisis minucioso de su biografía podría revelar un abandono o rechazo por parte de los progenitores y que siendo niño no tuvo más remedio que reprimir; la respuesta al encontrarse, ya de adulto y con unas determinadas condiciones, en una situación con evocación similar no tiene por qué ser la misma y el sujeto, además de todo lo sufrido y acumulado en el pasado (aunque fuera inconsciente), no tiene por qué tener la misma fuerza represora a modo de mecanismo de defensa, pudiendo pasar el peor de los peores posibles finales. Como conclusión: actualmente no podemos obviar que los conflictos psíquicos están en la génesis de muchos delitos; no digo en todos.

La interpretación psicodinámica de un delito por supuesto que no lo excusa y tampoco evita que se apliquen las medidas legales correspondientes a ese dolo, pero es cierto, repito, que puede dar cierta explicación a la extraña conducta, hablándose así en este sentido del valor criminológico del psicoanálisis. Siguiendo lo anterior, en materia penal, determinados Delitos Culposos o delitos imprudentes (definiendo éstos como acción u omisión no intencional que provoca un daño a una persona) podrían “entenderse”; lo mismo ocurriría en otra medida con el Cuasidelito del derecho civil. En esta misma línea, en un determinado acto al que le falte vigilancia consciente a modo de inhibición, los deseos inconscientes se pueden expresar también en forma de equivocación, esto se conoce como un acto fallido en términos psicoanalíticos; así, por poner otro caso extremo, conduciendo un automóvil se puede pisar el acelerador en vez del freno, provocando la salida de la agresividad y atropellar a un peatón, sin que haya sido eso lo cabalmente pretendido; de esta forma nuestra psique puede satisfacer unos deseos tanáticos y de agresión previamente reprimidos en determinadas vivencias por nuestro Superyó desde aquel primer proceso de socialización y que la única manera que tienen de constatarse es en forma de “grave equivocación” (la punta del iceberg que podría ver un observador sin conocimiento en la materia) encubriendo así su verdadera intencionalidad.



   

Pág. 5 de 8

 

 

Prohibida la publicación de fotografías de este diario digital con la marca 'CYA' en cualquier publicación o en Internet sin autorización.

 

 

Login Form

Este sitio utiliza cookies de Google y otros buscadores para prestar sus servicios, para personalizar anuncios y analizar las visitas en la web. Google recibe información sobre tus visitas a esta página. Si visitas esta web, se sobreentiende que aceptas el uso de cookies. Para mas informacion visite nuestra politica de privacidad.

Comprendo las condiciones.

EU Cookie Directive Module Information