Sábado, Mayo 25, 2019
   
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El rincón de la psiquiatría legal

'De psicópatas explosivos'

Cuando una persona presenta de forma aislada un comportamiento delictivo, nos preguntamos por los factores que hayan podido conducir a la conducta sancionable. En caso de que ese comportamiento sea reincidente, ya es inexcusable además el estudio estructural de la personalidad del sujeto así como el de sus antecedentes, lo que nos orienta también a saber si estamos frente a un psicópata o delante de una persona con alguna otra psicopatología.

Dentro de la psicopatía o trastorno psicopático de la personalidad, la importancia de resaltar concretamente el grupo de psicópatas explosivos radica en que es el colectivo, junto al de los antisociales, que a lo largo de su vida entra con más frecuencia en conflicto con la ley, vulnerando de forma repetida el Código Penal.

Además de la frialdad afectiva, una característica que como sabemos, comparten mayormente todos los psicópatas, en el grupo  de los explosivos aparecen de forma constante la impulsividad (criterio no estrictamente necesario para diagnosticar otro trastorno de la personalidad) y también con más frecuencia las “características delincuenciales”, en relación a lo que a quebrantamiento de normas y leyes se refiere, que describió muy bien García Andrade (1928-2013), que son la precocidad, la incorregibilidad, la reincidencia y la inintimidalidad. La precocidad de la conducta delictiva, la más nuclear de las cuatro, viene a reafirmar de nuevo que los trastornos de la personalidad empiezan a dar la cara en la adolescencia e incluso antes, pese a que para todos ellos, siguiendo los criterios de la American Psychiatric Association, haya habido hasta hace poco que esperar a los dieciocho años como requisito para su diagnóstico formal (siguiendo esa directriz, hoy el único trastorno de la personalidad que para diagnosticarlo hay que esperarse a la mayoría de edad es el antisocial). Se acepta, como así dice la experiencia, que los rasgos de trastorno de la personalidad que aparecen en la infancia persistirán probablemente sin cambios durante la vida adulta. La “bomba de relojería” ya activa de forma temprana su cuenta atrás, tanto en el plano familiar, académico o a nivel social. Pese a que los padres, sea por iniciativa propia, advertidos por los profesores, o impuesto incluso por una sentencia judicial, pongan al hijo en contacto con un profesional, tanto los psicofármacos como las sesiones de terapia pocas veces logran frenar el comportamiento sancionable, de ahí que se hable de incorregibilidad como la segunda característica arriba nombrada y que por tanto además desemboque en la tercera: la reincidencia. En lo que respecta a inintimidabilidad, refiriéndonos como tal a la falta de temor por los resultados del delito, apuntar que por lógica, potencia aún más la conducta patológica.

El psicópata explosivo, como ya describió Kurt Schneider (1887-1967), se caracteriza principalmente porque su respuesta afectiva y motórica es súbita, violenta y lo que es más definitorio: totalmente desproporcionada a aquellas vivencias que le son displacenteras. El pensamiento se transforma automáticamente en acto, así, sin juicio crítico alguno, sin filtrarse por las estructuras noéticas de la personalidad, entendiendo como tales las que están constituidas por la actitud ética (debo-no debo), la actitud intelectual (puedo-no puedo) y la actitud utilitaria (me conviene-no me conviene). Considerando la otra cara de la moneda, el explosivo, siempre que no le toquemos el “gatillo”, puede incluso mostrarse como una persona disciplinada, tranquila, dócil y pacífica que, de forma aparente y como psicópata que es, raramente levanta sospecha.

Es también frecuente en los psicópatas explosivos su tendencia a beber alcohol e igualmente común, aquí ya se implicarían aún más determinados factores biológicos, el bajo umbral de tolerancia que presentan a ése. Se sabe que el contacto del psicópata explosivo con el alcohol le puede llevar fundamentalmente a cuatro tipos de reacciones: de agitación, crepuscular, depresiva y paranoide autorreferencial, siendo estadísticamente, la primera y la última las de mayor probabilidad de tener consecuencias delictivas.

La reacción crepuscular hace alusión a la alteración de la conciencia, entendiendo ésta como la unidad de encendido de nuestro ordenador, cuya alteración puede manifestarse tanto en tempestad de movimientos como al otro reflejo arcaico de total inhibición.

En la reacción depresiva, por el componente autopunitivo que implica la depresión y por el desinhibitorio del alcohol, hay que contemplar la posibilidad tanto de casos de raptus suicidas como de raptus tipo homicidio-suicidio. Este último es de aparición relativamente frecuente en los casos de violencia de género o de violencia familiar en el que el autor suele ser un psicópata explosivo y bebedor.

En un intento por encontrar unas características morfológicas determinadas en estos sujetos diagnosticados como psicópatas explosivos, Friedrich Mauz (1900-1979), los describió como displásicos (aludiendo con ello también a anomalías en el plano físico) y con una disfunción vascular encefálica que se traducía en alteraciones endocrinas y vegetativas. Estas afirmaciones se han quedado en la nube y no han encontrado eco posteriormente.

Por último, en lo que se refiere a pronóstico y siguiendo el estudio de Maddock, en el grupo de psicópatas explosivos también se puede afirmar ese dato alentador de que cumplir años disminuye la frecuencia de las conductas penales de los sujetos con trastornos de la personalidad, aunque en ellos no siempre implique presentar una adaptación social satisfactoria.

 

Patología mental y fenómeno migratorio

Por un lado el fenómeno de la migración, un tema cada vez más actual en España, que ha pasado en pocos años de ser un país emisor de emigrantes a convertirse en un país de inmigración, y por otra parte, la existencia de una serie de síndromes psíquicos o manifestaciones de trastornos mentales específicos distintos en cada cultura, han hecho que cada vez se hable más de la Psiquiatría cultural como una entidad interdisciplinaria, entendida así porque en ella caben aportaciones, además de la psicopatología, de otras ciencias como la biología, la antropología o la sociología.  Como precursor de la misma, Emil Kraepelin (1856-1926) ya apuntó a la necesidad de una “Psiquiatría comparada” para abordar el estudio cotejado y la influencia de los distintos aspectos étnicos y socioculturales en la mente humana tanto sana como enferma.

Por sí solo, el fenómeno de la migración está considerado como factor de riesgo en salud mental, como una causa capaz de originar patología mental o de favorecer la aparición de un trastorno mental larvado, debido precisamente a una serie de factores que algunos expertos actualmente en el tema, como Achotegui, denominan los “siete duelos”, refiriéndose así a los relacionados con la familia, la lengua, la cultura, la tierra, el estatus social, el grupo de pertenencia y los riesgos físicos.

Lo fundamental para diagnosticar distintos cuadros psicopatológicos en sujetos que proceden de diferentes culturas, requiere tener algunas nociones sobre cómo viven sus integrantes los procesos emocionales, ya que la “emoción”, además de ser primordial como función de adaptación, es la manifestación nuclear de una patología mental (la tristeza la depresión, el temor el trastorno de ansiedad, etc.). Además del conocimiento de esa intimidad vivencial del inmigrante, para el procedimiento diagnóstico hay que tener en cuenta también que síntomas particulares o curso evolutivo de un trastorno están influidos por la respuesta social y por otros factores culturales locales. Así, hechos como el que un cuadro psicopatológico muy común, pudiera convertirse en un trastorno mental muy extravagante cuando apareciera en otra cultura, hacen que para este enfoque de la Psiquiatría sea primordial el conocimiento de la influencia cultural en la personalidad, y también en factores biológicos específicos como la respuesta a psicofármacos, por citar alguno.

Excluyendo el caso de los individuos que ya estaban enfermos, los trastornos que con más frecuencia se observan en los inmigrantes son fundamentalmente cinco: los trastornos de síntomas somáticos, los trastornos reactivos de ansiedad y del estado de ánimo, los delirios, las alteraciones de la personalidad y las toxicomanías. Con respecto a los primeros, son frecuentes los trastornos somáticos que cursan con dolor (muchos autores han detectado que las migrañas son tan típicas que se refieren a ellas como las “in-migrañas”). Los trastornos reactivos de ansiedad y/o depresión son consecuencia directa del proceso de adaptación, por eso se llaman así, trastornos adaptativos; entre éstos concretamente, cabe mencionar el Síndrome del inmigrante con estrés crónico y múltiple, también conocido como Síndrome de Ulises, haciendo referencia al héroe mitológico que padeció innumerables adversidades y peligros estando lejos de sus seres queridos. Los trastornos adaptativos llevados a un extremo también pueden desembocar en cuadros de inhibición profunda, trance o incluso reacciones primitivas como la parálisis o la de tempestad de movimientos (se sabe que en el núcleo del duelo migratorio existe una regresión psicológica). Con respecto a los delirios, los que con más frecuencia se suelen observar son los de autorreferencia, persecución o celos. En cuanto a las alteraciones de la personalidad con posibles consecuencias legales, habría que contemplar los estados de violencia y agresividad con las probables conductas delictivas tales como robo, tráfico de drogas o contra la libertad sexual. Por último, en lo que respecta a las toxicomanías, existe una cierta vulnerabilidad de ese grupo al consumo de sustancias, por factores precisamente como su relación con los sectores más desfavorecidos de la población receptora, donde sabemos que predomina más el consumo de drogas como opiáceos, cocaína, etc. y de alcohol.

Si hablamos de factores en particular, quizás el que más patógeno y que por tanto merezca especial atención, sea es el aislamiento lingüístico al que están sometidas estas personas. Se sabe que las dificultades lingüísticas pueden desembocar en reacciones paranoides, con ideas de perjuicio o incluso de persecución, llegando a interpretar de forma delirante actitudes o gestos de otras personas que pueden secundariamente acarrear consecuencias significativas, como reacciones violentas frente a esos supuestos perseguidores. Precisamente en nuestro país y para posibilitar debidamente la defensa por parte de estas personas que desconocen nuestro idioma, el ordenamiento, tomando como base el Convenio Europeo para la Protección de los Derechos Humanos y Libertades Fundamentales, prevé la obligada intervención del intérprete desde el momento de la detención policial hasta todas las intervenciones procesales posteriores, implicando así a las autoridades policiales, judiciales y también a la Administración penitenciaria. Igualmente, el citado convenio, extiende la intervención del intérprete al caso contrario, es decir, a los supuestos en que el inmigrante es testigo, víctima de delito, etc.

En nuestro ámbito jurídico y ante delitos cometidos por estas personas, siempre se debe valorar, que no implica eximir, la incidencia que tienen las circunstancias culturales concretas sobre la imputabilidad, es decir, sobre el conocer y actuar conforme a esa comprensión y si, tanto por un lado el factor cultural, como por otro, la existencia de un trastorno mental condicionado por la misma (ya sea por déficit lingüístico, o por obediencia a otras normas o leyes autóctonas de países de origen), fueron las que condujeron a que la conducta del sujeto resultara modificada.

 

Simplificar la psicosis

Con la psicosis el sujeto pierde el contacto íntegro con la realidad, con el mundo exterior a él, con el “mundo común” de Heráclito, siendo forzado por medio de un grave trastorno a adentrarse en la intimidad de su mundo subjetivado, territorio por el que ya nos sumergimos diariamente, de una forma distinta y fisiológicamente pactada, con el sueño.

La etiología de la psicosis es múltiple, y en base a ello hablamos de psicosis endógena, esencial o constitucional, cuando la causa surge desde lo más íntimo y desconocido del cerebro, y de psicosis exógena cuando el cuadro está provocado por un trastorno orgánico en el propio cerebro, en otro órgano que secundariamente afecte a aquél, o por un agente externo al cuerpo (como puede ser el consumo de determinadas drogas).

A pesar de la complejidad implícita en todo lo referente al mundo de  la psicosis y de admitir que estamos ante un laberíntico cuadro, existen posturas de cercenamiento de distinto grado en estos trastornos, unas teóricas, como las surgidas desde la propia Psiquiatría con la finalidad, por ejemplo, de buscar un nexo común para todas las psicosis, y otras de magnitud como las surgidas desde el Derecho, en uso y muy efectivas, que buscan sobre todo practicidad a la hora de valorar estos trastornos en una determinada situación con trascendencia legal.

Bartolomé Llopis Lloret (1905-1966), natural de Villajoyosa, sin duda uno de los tres psiquiatras españoles que más proyección internacional han tenido en el campo de las psicosis, además de J.J. López Ibor (1908-1991) y de Ramón Sarró (1900-1993), basándose en sus propios estudios en la postguerra sobre las complicaciones mentales de la epidemia de pelagra (enfermedad producida por una falta de niacina o vitamina B3), defendió a lo largo de su vida profesional que, prescindiendo de consideraciones etiológicas, existe un “síndrome axil común” a todas las psicosis, en resumen, una “psicosis única”, y que está producida en definitiva por una alteración de grado en el nivel de conciencia, configurando así las típicas manifestaciones en el pensamiento (delirios..), en la sensopercepción (alucinaciones..), y en otras áreas de la psicopatología. Todo ello vendría a confirmar lo que dijo Heinrich Neumann (1814-1884): “la locura no tiene diferentes formas sino diferentes estadios”.

Se comulgue o no con el pensamiento de Llopis, la “teoría unitaria” como postura de reducción “simplista” en el campo de la patogenia de las psicosis, hay que admitir que existe hoy cierta tendencia de “restricción” de estos trastornos, como ocurre por ejemplo, a nivel diagnóstico; a modo de detalle, basta repasar el actual DSM-5 para ver que los subtipos de un trastorno psicótico como es la esquizofrenia, a los que tanta importancia se les daba en ediciones anteriores y que hacían un poco más afinada la codificación diagnóstica, hayan desaparecido como tales. ¿Podría ser ello también un principio?

Comentar que, también en esta línea, muchos psiquiatras, tanto clásicos (Guislan, Griesinger, Henry Ey, etc.), como contemporáneos (Berrios, Tim Crow, etc.) no han descartado el hecho de que, ya no la psicosis, sino todas las enfermedades mentales propiamente dichas, no sean más que formas o grados de un mismo fenómeno patológico. En Psicología, esta corriente igualmente tuvo y tiene defensores como Eysenck (1916-1997) y Gordon Claridge, respectivamente.

Como arriba cité, otra manera de reducir la compleja psicosis y de una forma todavía más “condensada” es lo que sucede en el ámbito del Derecho. En Derecho Penal, la valoración de la capacidad de autodeterminación, o de la capacidad de obrar a nivel de Derecho Civil, suponen en sí mismo una simplicidad reductiva de una enorme practicidad jurídica ante la valoración de una situación o de un acto donde hay que considerar un trastorno mental tan grave como es el trastorno psicótico,  ya que el juez, basándose en ello y apoyándose en un informe médico pericial, que debe ser claro, preciso, completo y razonado, va a apreciar si las facultades de conocimiento y de voluntad en el sujeto estaban o no mermadas en el momento ilícito, independientemente de que lo hubieran estado anteriormente o lo estén post-facto.

Gracias a esa práctica reducción, se evita la vinculación del jurista a los términos psiquiátricos, que supondrían introducirle en un mundo confuso para él (lo mismo que el jurídico para un médico) y en realidad sin ningún interés en su práctica, pues el diagnóstico solo le interesa por los efectos que sobre la conducta humana tiene una calificación clínica.

   

Síndrome de Clérambault

La idea delirante se puede definir como una idea patológica, falsa e irreductible pese toda la argumentación lógica y objetiva que le podamos o pudiésemos dar al paciente que la sufre. Esta idea, única o múltiple, es la base del Trastorno delirante.

Además de definir el Trastorno delirante, la edición vigente del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5), especifica distintos tipos dentro del citado trastorno y entre éstos habla del Tipo erotomaníaco, refiriéndose a cuando el tema central del delirio que tiene el paciente es que otra persona está enamorada él.

El Trastorno delirante erotomaníaco es conocido también como síndrome de Clérambault en honor a este psiquiatra francés (1872-1934) que publicó un profundo y exhaustivo estudio acerca del mismo dentro de su famoso libro Las Psicosis Pasionales (1921), refiriéndose además en él al delirio de celos, que ya abordé en un artículo publicado aquí con el título de Celos patológicos. Aprovecho la ocasión para mostrar mi absoluta admiración por aquellos tratados de tan riqueza descriptiva sobre los trastornos mentales y cuya lectura es de gran ayuda para entenderlos, o por lo menos, acercarse a ellos. La literatura psiquiátrica, créanme, es muy apasionante.

En la consulta, si el paciente acude por otra clínica distinta (hipomanía, depresión, etc), se llega además al citado diagnóstico indagando tras escuchar un ambiguo y raro relato referido a cierta “relación amorosa”. Como sabemos, en medicina se dice que “sólo se diagnostica lo que se sabe” y este caso, a quién no conozca el síndrome o no se acuerde de él, le pasará desapercibido.

La persona, que el paciente con el delirio cree estar enamorada de él, es frecuentemente de un estatus superior al suyo, suele ser cercana o de su entorno (con trato o no), pero puede ser también distante: un personaje del mundo de la radio, de la televisión, de revistas del corazón, etc. Al preguntarles a estos pacientes que por qué están seguros de tal enamoramiento, dan unos argumentos sistematizados y con una construcción aparentemente lógica, pero basados en unas percepciones reales delirantemente interpretadas (que son las que forman el núcleo patológico de su idea), como determinados movimientos o posturas, una sonrisa, o palabras sacadas de contexto; otras veces falta incluso esa percepción real, partiendo todo de una ilusión delirante. Sólo el trato y el estudio siguiente irán mostrando el “carácter paranoico” que los perfila: desconfianza, orgullo, agresividad, rigidez psíquica, etc.

El síndrome de Clérambault es más frecuente en mujeres, sobre todo a partir de la cuarta década de la vida y más común cuando existe el factor castidad. Si el curso del trastorno es continuo en el tiempo y no episódico, entrando así ya en el campo de los delirios crónicos, se observa muy bien el patrón fásico que caracteriza su curso.

El síndrome de Clérambault evoluciona en tres fases: esperanza, despecho y fase de rencor. En la  fase de esperanza, los gestos o las cortesías realizadas por parte de una persona son interpretadas delirantemente por el paciente como manifestaciones “seguras e inequívocas” de enamoramiento por parte de aquélla. Paralelamente, el paciente corresponde a ese amor de forma expectante y esperanzada, que a su vez se va nutriendo por fantasías sentimentales y eróticas añadidas, configurando un auténtico “romance delirante”; esta fase se suele vivir al principio con recogimiento, como en secreto y ocasionalmente puede revelarse a personas de mucha confianza.

También pueden aparecer cambios comportamentales en el paciente, como en su forma de vestir, frecuentar más los sitios donde encontrar a esa persona “enamorada”, etc. En la segunda, la  fase de despecho , el paciente muy suspicaz, interpreta que hay personas que se están “interponiendo maliciosamente” en la “relación” con el fin de frustrar su amor; piensan que amigos, vecinos, u otros, movidos sobre todo por la envidia, pueden acabar con esa aventura. La última, la  fase de rencor, y como así nos podemos figurar, es sin duda la de más trascendencia en psiquiatría legal, incluso por su potencial valor criminológico; en ella el paciente es consciente de la “ruptura” y admite el fracaso inequívocamente por culpa de aquéllos, punto de partida que le puede llevar a tramar venganza, programando y realizando actos agresivos contra todas las personas que, interpreta, se han interpuesto en la que podría haber sido una “buena relación” y con un “buen partido”, lo que puede acabar en graves consecuencias.

En esta última fase, el paciente puede llegar a la consulta por dos motivos, el primero porque ya haya sido realmente amenazado o incluso denunciado por esas terceras personas y como consecuencia, ahora ya con razón, se sienta una vez más víctima de ellas; el segundo motivo, por la heteroagresividad absurda y con poco fundamento en su comportamiento, ésta ya referida por los familiares o personas cercanas que lo acompañan a la entrevista.

En general, el interés psiquiátrico-forense de este síndrome se basa en estudiar y buscar si la actuación, las conductas y el modo de comportarse de la persona que padece el trastorno, se llevan a cabo de acuerdo con su delirio, de su propia “realidad patológica”, siendo ello la causa de infringir el conjunto de normas o leyes.

En referencia a ello y como sabemos, en Derecho se consagra el principio de la existencia de la “autodeterminación”, ésta vinculada a la integridad de las facultades de conocimiento y de voluntad por parte de un individuo, y por tanto la imputabilidad que se le pudiera atribuir al sujeto en cuestión, va siempre en función de la entidad de la merma que éste experimente en las nombradas facultades intelectivas y volitivas, y en definitiva, en esa capacidad de autodeterminación. Por ello, en los casos confirmados de síndrome de Clérambault, el Tribunal admite que los actos de estos pacientes no deben ser considerados como actos realizados en libertad, “por la profunda alteración cognitiva que suponen y el condicionamiento patológico implícito de ellos”.

 

Psicópatas fanáticos

Con el término fanático, que proviene del latín, y que hace referencia al que se preocupa o entusiasma exageradamente por algo, calificamos normalmente a alguien que defiende con tenacidad aquellas opiniones y creencias que le entusiasman; pero igualmente con él, ahí voy, también hacemos referencia comúnmente a un individuo que puede esconder una grave y concreta psicopatología que lo puede hacer peligroso, por lo menos potencialmente.

En este sentido, en el plano cognitivo, un fanático se comporta como si poseyera la verdad de forma tajante y por tanto, no necesita cuestionarse las propias ideas que representa la crítica del otro. En las antípodas del fanático se halla la figura del relativista, pero, recordando una vez más que los extremos se tocan, ambos se parecen en que para ellos no cabe el debate o la búsqueda de la verdad, dando a su vez, así, la espalda al conocimiento, lo que al final les empobrece más intelectualmente. Se sabe que, cuanto más cerrada está una sociedad a la sabiduría, por inercia, tradición, o lo que es peor, por imposición, con mayor número de fanáticos cuenta.

Con el término  fanatismo hacemos referencia directa también al apasionamiento del fanático, a esa pasión irracional, desproporcionada, desmedida y totalmente exagerada por mantener una idea, una cultura o un estilo de vida. El fanatismo pues, llega a traspasar la frontera psíquica de lo patológico, e incluso lo puede hacer de forma sobrada, ya como grave anancasmo, nada que ver con aquella monomanía obstinada, o escondiendo una psicopatología peor como puede ser un trastorno de personalidad o psicopatía, configurando y caracterizando así al llamado 'psicópata fanático'.

Abordando ya a éstos personajes en concreto, Kurt Schneider (1987-1967) decía que lo patológico en ellos no radica tanto en la creencia extremadamente sobrevalorada que profesan, sino sobre todo en el modo de cómo hacen esa defensa anormal del complejo o idea, y distinguía a su vez, dos tipos de psicópatas fanáticos: los psicópatas fanáticos luchadores y los psicópatas fanáticos pacíficos. Frente a los primeros, en los que predomina la acción, el grupo de psicópatas fanáticos pacíficos se caracteriza por su comportamiento extravagante, recogido y asténico, con el que se presentan como bienhechores de la humanidad y apóstoles de la paz, de hecho Georg Stertz (1878-1959) los bautizó así, psicópatas extravagantes, observando además su parecido con el paciente esquizofrénico deteriorado o con el sujeto que padece una esquizofrenia latente, con los que ya comentó habría que hacer diagnóstico diferencial.

El indeseable trinomio de los psicópatas- fanáticos- luchadores, añadiré que Kretschmer (1888-1964) también los llamó psicópatas expansivos, perfila o describe a los autores de muchos actos de terrorismo de los que estamos desgraciadamente acostumbrados a ver en las noticias, mostrando en ésos la forma más elaborada de hasta dónde puede llegar la crueldad humana. El fanatismo de estos enfermos, como decía este último autor, se caracteriza por una elaboración muy viva de las creencias, capacidad tenaz de retención y acumulación ideológica y una falta de contención extrema que es precisamente la que les conduce a la exteriorización, y en definitiva a la conducta criminal. Algunas teorías psicodinámicas, me limito a señalar, dicen que su fanatismo se nutre de un fracaso personal previo, pretendiendo destruir a una sociedad que no lo estimó suficiente, a ese permanente y sempiterno descontento, no sé.

Desde su base, el acto terrorista del psicópata fanático expansivo, así, con ese nombre y esos dos apellidos, es muy diferente al que ejerce el terrorismo como un simple matón a sueldo o como un guerrillero, entre otras cosas porque en el caso del mercenario, no tiene porqué compartir las pautas ideológicas del grupo para cumplir su incentivado objetivo, y en el supuesto del guerrillero porque además de que la adhesión ideológica a su grupo puede estar limitada en un caso extremo, no tiene que estar tampoco asociado un trastorno mental grave.

Los psicópatas fanáticos luchadores o expansivos son una amenaza constante para la sociedad y todo el control que se pueda tener sobre ellos es poco. Las ideologías radicales encuentran así un gran apoyo para difundir más sus “razones” por medio del terror, utilizando realmente a sujetos enfermos para cumplir esos sus objetivos. Su tratamiento individual y la teórica rehabilitación, con los recursos actuales, es prácticamente utópico: nada que hacer frente a la cristalización y el blindaje de su pensamiento.

   

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