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Psicópatas fanáticos

Con el término fanático, que proviene del latín, y que hace referencia al que se preocupa o entusiasma exageradamente por algo, calificamos normalmente a alguien que defiende con tenacidad aquellas opiniones y creencias que le entusiasman; pero igualmente con él, ahí voy, también hacemos referencia comúnmente a un individuo que puede esconder una grave y concreta psicopatología que lo puede hacer peligroso, por lo menos potencialmente.

En este sentido, en el plano cognitivo, un fanático se comporta como si poseyera la verdad de forma tajante y por tanto, no necesita cuestionarse las propias ideas que representa la crítica del otro. En las antípodas del fanático se halla la figura del relativista, pero, recordando una vez más que los extremos se tocan, ambos se parecen en que para ellos no cabe el debate o la búsqueda de la verdad, dando a su vez, así, la espalda al conocimiento, lo que al final les empobrece más intelectualmente. Se sabe que, cuanto más cerrada está una sociedad a la sabiduría, por inercia, tradición, o lo que es peor, por imposición, con mayor número de fanáticos cuenta.

Con el término  fanatismo hacemos referencia directa también al apasionamiento del fanático, a esa pasión irracional, desproporcionada, desmedida y totalmente exagerada por mantener una idea, una cultura o un estilo de vida. El fanatismo pues, llega a traspasar la frontera psíquica de lo patológico, e incluso lo puede hacer de forma sobrada, ya como grave anancasmo, nada que ver con aquella monomanía obstinada, o escondiendo una psicopatología peor como puede ser un trastorno de personalidad o psicopatía, configurando y caracterizando así al llamado 'psicópata fanático'.

Abordando ya a éstos personajes en concreto, Kurt Schneider (1987-1967) decía que lo patológico en ellos no radica tanto en la creencia extremadamente sobrevalorada que profesan, sino sobre todo en el modo de cómo hacen esa defensa anormal del complejo o idea, y distinguía a su vez, dos tipos de psicópatas fanáticos: los psicópatas fanáticos luchadores y los psicópatas fanáticos pacíficos. Frente a los primeros, en los que predomina la acción, el grupo de psicópatas fanáticos pacíficos se caracteriza por su comportamiento extravagante, recogido y asténico, con el que se presentan como bienhechores de la humanidad y apóstoles de la paz, de hecho Georg Stertz (1878-1959) los bautizó así, psicópatas extravagantes, observando además su parecido con el paciente esquizofrénico deteriorado o con el sujeto que padece una esquizofrenia latente, con los que ya comentó habría que hacer diagnóstico diferencial.

El indeseable trinomio de los psicópatas- fanáticos- luchadores, añadiré que Kretschmer (1888-1964) también los llamó psicópatas expansivos, perfila o describe a los autores de muchos actos de terrorismo de los que estamos desgraciadamente acostumbrados a ver en las noticias, mostrando en ésos la forma más elaborada de hasta dónde puede llegar la crueldad humana. El fanatismo de estos enfermos, como decía este último autor, se caracteriza por una elaboración muy viva de las creencias, capacidad tenaz de retención y acumulación ideológica y una falta de contención extrema que es precisamente la que les conduce a la exteriorización, y en definitiva a la conducta criminal. Algunas teorías psicodinámicas, me limito a señalar, dicen que su fanatismo se nutre de un fracaso personal previo, pretendiendo destruir a una sociedad que no lo estimó suficiente, a ese permanente y sempiterno descontento, no sé.

Desde su base, el acto terrorista del psicópata fanático expansivo, así, con ese nombre y esos dos apellidos, es muy diferente al que ejerce el terrorismo como un simple matón a sueldo o como un guerrillero, entre otras cosas porque en el caso del mercenario, no tiene porqué compartir las pautas ideológicas del grupo para cumplir su incentivado objetivo, y en el supuesto del guerrillero porque además de que la adhesión ideológica a su grupo puede estar limitada en un caso extremo, no tiene que estar tampoco asociado un trastorno mental grave.

Los psicópatas fanáticos luchadores o expansivos son una amenaza constante para la sociedad y todo el control que se pueda tener sobre ellos es poco. Las ideologías radicales encuentran así un gran apoyo para difundir más sus “razones” por medio del terror, utilizando realmente a sujetos enfermos para cumplir esos sus objetivos. Su tratamiento individual y la teórica rehabilitación, con los recursos actuales, es prácticamente utópico: nada que hacer frente a la cristalización y el blindaje de su pensamiento.

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