Jueves, Abril 19, 2018
   
Texto

El crimen y la literatura: ‘La hija del Txakurra’

‘La hija del Txakurra’, obra de José Alfonso Romero P. Seguín, novela que tuve el honor de presentar en la ciudad de Murcia el pasado día 27, es una novela que les puedo asegurar no les va a dejar indiferente, debido a que es un compendio de historias -11 concretamente- que el autor nos narra, donde nos enfrenta a la brutal y terrible acción de la banda terrorista ETA, sobre todo durante los primeros pasos de la democracia en España, a pesar de que el grupo terrorista realizó de forma sistemática atentados durante 50 años.

Son relatos de hechos reales novelados donde nos vamos adentrando en esos ataques a los miembros integrantes de la Guardia Civil, especialmente durante su estancia en el País Vasco. Novela no exenta por supuesto de una riqueza literaria que atrapa al lector desde la primera página, gracias al detalle y la descripción que tan hábilmente realiza su autor, realizándolo de  una forma muy descriptiva, cuando leemos esas historias, donde la banda terrorista pretendía, a través del miedo, conseguir sus fines, que mantenían una lucha armada contra un Estado atentando contra unos simples funcionarios cuyo único interés era ayudar y dar seguridad a sus conciudadanos.

En esta obra vemos el drama vivido en esos años, en su mayor parte por los que eran objetivos de un grupo terrorista, el dolor de las víctimas, el miedo de una sociedad –sobre todo el de aquellos que no estaban de acuerdo con las ideas por las que se mataba- también el mirar para otro lado, el focalizar el odio, la rabia, hacia aquellos que lo único que hacían era cumplir órdenes y trabajar para la seguridad de sus conciudadanos.

A través de las páginas de este libro, podrán acercarse aunque sea mínimamente a lo que podían sentir estos jóvenes que ingresaban en el cuerpo de la guardia civil y eran enviados al País Vasco, en unos años que fueron sumamente duros, los años del plomo, donde día sí y día también eran asesinados, de un tiro en la nuca o con una bomba, y hacerse una pequeña idea de cómo tuvo que ser estar en ese lugar y en esa época.

Cada una de las historias nos describe un drama, una historia de dolor, ‘Once años después de morir’, ‘La hija del txakurra’, ‘La silueta de Gaínza’, ‘Hombres de papel’, ‘El viaje’ y ‘Pedales de plomo’, entre otras.

La despersonalización de la víctima
La victimología es la ciencia que estudia la víctima. En esta ocasión a través del relato, nos encontramos con los dos tipos de víctimas, de un lado las que lo eran por su trabajo, su ocupación, lo que se podría llamar “los objetivos naturales de la acción terrorista”, de otro tendríamos a la población civil en general que podía sufrir las consecuencias de los atentados indiscriminados o también como consecuencia de atentar contra una persona concreta y que estos estaban en el lugar o proximidad del lugar de los hechos, había un componente de accidentabilidad, pero ello, no elimina la característica básica de la intencionalidad del atentado, es decir, la voluntad deliberada de producir daño, terror e inseguridad.

Es dura esa cosificación de las víctimas, tratarlas como si fueran “cosas” y no personas, el despersonalizarlas, para así no sentir ningún tipo de sentimiento ni dolor ni siquiera empatía hacia la víctima ni hacia los suyos.

En Victimología, existen tres fases en la victimización de las víctimas. La victimización primaria, es cuando la víctima lo es en el momento que se comete el delito, en este caso, el atentado. La victimización secundaria como parte en el proceso procesal penal, en estos casos las víctimas ni siquiera podían intervenir en el proceso e incluso en los casos donde la víctima directa, como la familia no tenían acceso ni siquiera al juicio. Pasando a una victimización terciaria como sujeto de sufrimiento en su angustia, su dolor, depresión, etc.; sintiéndose marginado posteriormente al rememorar cómo sucedieron los hechos.

 

¿A quién le importa?

El hit más versioneado de la década de los 80 sigue siendo un himno para las personas del colectivo LGTBI, pero tras el asesinato de Cristina Iglesias este estribillo regurgita fuerte en la garganta; efectivamente: ¿A quién le importa? La cobertura mediática que se hace de la noticia pasa por nuestros periódicos y cadenas locales como un suceso más; y el lenguaje utilizado lo demuestra: las mujeres asesinadas vícitmas de la violencia machista son números, porcentajes que salen al final de cada año como las estadísticas de accidentes de tráfico tras un periodo vacacional. Número de familias desahuciadas, número de refugiados por los negocios de la guerra, número de niñxs cuya única comida diaria es la del comedor del cole, número de víctimas de homofobia, número de manifestantes heridos por violencia policial, número de personas que habitan en frases como ‘umbral de la pobreza’ o ‘exclusión social’, número de adolescentes que sufren bullying en los institutos; todo son números. Se llamaba Cristina Iglesias.

Esta brutal impersonalización de las víctimas nos retrotrae a la Alemania nazi y a los campos de exterminio, donde los prisioneros eran automáticamente despojados de su nombre para pasar a ser una cifra; no se empatiza con una cifra, nada emociona cuando oyes un número, un número no remueve; así es como se comienza a borrar su existencia, su identidad, su historia. No hay una foto mental de las mujeres cuando leemos yasonveintidóslasasesinadasenloquevadeaño. Cuando no nombras a alguien, no existe. Se llamaba Cristina Iglesias. Los medios de comunicación, en un paupérrimo uso de los términos, no llaman a las cosas por su nombre. Se lee con demasiada frecuencia ‘otra mujer asesinada’ pero no hay apenas mención al heteropatriarcado, incluso asistimos con estupor y asco al espectáculo lamentable de que periodistas y políticos no conozcan el término; se lee ‘otra mujer’ y nos da la sensación de que es algo cíclico, periódico, algo que pareciera que tuviéramos que normalizar como un fenómeno natural, como si hablaran de otra ola de calor, otro terremoto, otra cosecha perdida por las inundaciones. Se llamaba Cristina Iglesias. No es sano normalizar el asesinato de mujeres a manos de hombres. Es propio de una sociedad enferma, insensible y deshumanizada hablar de números y porcentajes y es triste quedarse delante de la tele murmurando un yermo ‘qué barbaridad’ y es estéril la declaración compungida de cualquier políticx y es irrebatible que urge renovar un sistema judicial a todas luces deficiente.

Se hace forzoso el análisis de los roles que aún imperan en nuestra sociedad machista; el cuestionamiento de las posiciones todas de poder: las físicas, las mentales, las emocionales, las laborales, las sociales, las institucionales; el desarrollo de planes educativos que ayuden a disolver poco a poco los quistes sociales, que barran juguetes sexistas de las estanterías del frenesí consumista de valores, que desmonten el ideario de roles femeninos en películas infantiles y dibujos con los que crecemos desde la infancia. Necesitamos una justicia mayúscula, un marco legislativo y un sistema judicial que proteja a las mujeres desde el conocimiento global del machismo, la violencia machista y el patriarcado. Es inaceptable que el asesinato de Cristina Iglesias no esté tipificado como ‘violencia de género’ por el hecho de que el violador no fuese pareja sentimental de Cristina y, por lo tanto, la posible condena se materialice en la mitad de años. ¿Cómo se justifica que el asesinato de Cristina no sea violencia contra las mujeres?

A quién le importa que ya no exista Cristina Iglesias... A nosotros nos importa. Nos importan los nombres y las caras y las historias de todas las mujeres asesinadas, nos importan los sustantivos que se escogen para hablar de su asesinato, nos importan los adjetivos que catalogan y etiquetan su asesinato, nos importan los comentarios, los comportamientos y las actitudes, y nos importan las leyes. Se llamaba Cristina Iglesias.

Colectivos y asociaciones hemos convocado una rueda de prensa para el próximo 5 de julio en la plaza de la Merced en Murcia a las 11.30 para decir muchas veces que se llamaba Cristina Iglesias. Hacemos un llamamiento a todos los que estáis leyendo este artículo a acompañarnos a abrazar a su madre, que se llama María, a llorar con ella, a gritar con ella que nos queremos vivas, a luchar con ella, por todas ellas.


 

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