Jueves, Enero 18, 2018
   
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El doctor Ioannidis, otro sabio griego irrepetible

Empiezo este artículo con esta sentencia final del irrepetible doctor Ioannidis porque, aunque solo tengamos presente esta idea, ya seriamos más sabios que ayer: "La ciencia es un esfuerzo sublime que reporta poca recompensa. No estoy seguro de que algo más que un pequeño porcentaje de la investigación médica, pueda llevar a obtener avances importantes en los resultados clínicos o en la calidad de vida de las personas. Deberíamos tener muy presente este hecho. Es decir: solo nos servirá un poco de lo investigado, el resto simplemente, no nos va a ser útil, será un sublime esfuerzo no recompensado.

Se preguntarán quién es este señor Ioannidis y es triste porque debería estar en televisión casi todos los días. No hace mucho tiempo que leí algo de el en la red, me gustó tanto que ahora no puedo dejar de mencionarlo cuando surge el momento.

Se trata de un griego nacido en 1965, se crió entre padres científicos que le inculcaron su amor por las matemáticas los tres años sumaba con decimales, a los 19, en tierra de Pitágoras, ganó el premio nacional de La Sociedad Matemática Griega. Se graduó el primero de su promoción en la Escuela Superior de Medicina de Atenas, es un buen escritor de literatura de ficción desde los 8 años. Tras su graduación a los 25 años de edad, formo un equipo de trabajo para llevar a cabo estudios superiores dentro de la Universidad Griega de La Loannina. Algo más tarde protagonizaría la gran historia que intentaré contarles lo mejor que sepa. Ocurrió en la bonita isla griega de Sikinos junto al Egeo, cuando nuestro consagrado investigador tenía en torno a 30 años. Corrían los finales de la década de los 90 cuando decidió retirarse a ese lugar para tomar ‘inspiración’. Contaba que la isla es un lugar genuino lleno de tradiciones y viejas historias. Él tenía muy presente el lema dominante de la literatura griega (que tan bien conocía), ¡Tenemos que buscar la verdad sin importar a dónde nos lleve!

Como resultado del trabajo y el esfuerzo, consecuencia de aquel buscado retiro, ocurrió algo inesperado y extraordinario 10 años después que, marcaría un antes y un después en la historia de la ciencia moderna. El inteligentísimo investigador, a la cabeza de su equipo, lanzo dos estudios meta-analíticos demoledores. Fue en el año 2005, había necesitado 10 años para publicarlos en la revista médica ‘Plos Medicine’. Estos artículos son los más mencionados por el resto de autores en toda la historia de la revista hasta el día de hoy. ¿Pero qué contenido resultaría tan asombroso para la ciencia y los científicos?... Me ceñiré a las palabras del doctor y ustedes juzguen:
“El fraude, la parcialidad, la dejadez y la ineficacia están en todas partes y ahora tenemos estudios que cuantifican la magnitud del problema… (y sigue diciendo)…
Sabemos que, más de 200.000 millones, correspondiente al 85% del gasto mundial en investigación, son desperdiciados rutinariamente en estudios mal diseñados o redundantes, también sabemos que gran parte de la evidencia medica es ‘contradictoria y poco fiable’, como, por ejemplo, tratar de demostrar que casi todos los alimentos que comemos ‘son la causa, o previenen elcáncer’…. ¿Cómo se quedan?; asombroso, ¿no?

En números concretos, el primer artículo decía: “son erróneos el 80% de los estudios aleatorios (los más comunes), el 25% de los aleatorios (patrón oro) y también el 10% de los grandes estudios aleatorios (patrón platino)."
En el segundo artículo famoso del ‘Plos’, revisa el autor los 49 hallazgos más importantes procedentes de destacadas publicaciones de gran tamaño. Se remonta hasta los trece años anteriores a su meta-análisis, que eran los más citados por los distintos autores en sus publicaciones, constituían el escalafón más alto de la pirámide de la investigación conocida en ese momento. Al respecto de ellos dijo Ioannidis: “Entre un tercio y la mitad son falsas o exageradas (esto lo publica J.A.M.A. la principal revista médica americana). Estos estudios, en su mayoría nunca se habían revisado. Llama la atención que cuando se desvela un error tarda años o décadas en retirarse”.

Con estos textos en la mano, el consumado investigador entra con autoridad en el santuario de la ciencia moderna, para corregir errores, pero a la vez, señaliza un camino nuevo y da soluciones. Las desafiantes declaraciones de Ioannidis no han tenido consecuencias desagradables para él, a pesar de que ha sacado los trapos sucios de la intocable ciencia moderna. Confiesa el maestro que, "esperaba consecuencias, pero no las hubo”. Algunos presentes de sus conferencias, comentaron que ni ellos ni sus compañeros se habían sentido ofendidos ni provocados, pues se trataba de problemas que a todos afectaba. Ioannidis cree que, de alguna manera, hablando en tono general, sin particularizar en nadie, les animó a que ellos mismos también "cacarearan" sobre cosas que les ocurría a sus compañeros, (más fácil que hablar de sus propias cosas).

Pero visto después de transcurrido el tiempo y a la vista de lo que paso después, podemos inferir que el buen doctor había hecho algo mucho más grande que señalar ‘un nuevo camino, había hecho de redentor’, es decir: libró a sus compañeros de reconocer sus propios errores ante una sociedad que podría no perdonar o castigar sus inexactitudes y corruptelas. 

Ioannidis, bondadosamente, tomó la voz por todos ellos y lo explicó como un problema inherente a la ciencia, por eso se sintieron aliviados y lo ensalzaron. “Es necesario equivocarse(dijo), la ciencia no debe escribirse en piedra".

A medida que les relato esta fascinante historia real, me viene poderosamente a la mente la gran frase: ¡El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra! Tampoco viene mal recordar ahora como el joven maestro Jesús de Nazaret, se hacía oír en las sinagogas enmendando la plana a los ancianos maestros y doctores de la ley. Finalmente, Jesús pone orden en el templo usurpado por el comercio de los mercaderes, (Él si lo hace enojado, látigo en mano, sin paños calientes, seguro de la verdad que le asistía).

A partir de entonces Ioannidis fue llevado en" predicamento “de la ceca a la meca, invitado de honor a congresos y reuniones del mayor nivel. La revista The Atlantic lo ha considerado ‘uno de los científicos más influyentes de la actualidad’. Su éxito es colosal, todos quieren trabajar con él, ha publicado artículos con 1328 co-autores en 538 instituciones por 43 países. En un año ha recibido más de 100 invitaciones para participar en congresos. (tanto ha viajado que unos vértigos auditivos le han obligado a bajar la marcha). ¡Esto es algo colosal que debe ser contado y recordado por ciudadanos y profesionales!

A pesar de todo, Ioannidis es un hombre modesto y se hace la siguiente reflexión: “Temo que al final no habré hecho mucho por mejorar la salud de la gente y que es difícil cambiar el comportamiento cotidiano de los médicos, pacientes y gente sana".

Creo que el buen Ioannidis nunca será plenamente consciente de la obra que ha comenzado y de las consecuencias tan positivas que aun están por venir para beneficio de todos y para su mayor honra.

La doctora Tatsioni dice que no es que el profesor piense que los médicos actúen siempre basados en la evidencia, esto es imposible porque los tratamientos son complejos, pero, si la evidencia no es buena, los médicos y los pacientes deben saberlo. Tampoco los médicos tienen mucho tiempo para revisar la evidencia de los fármacos y a menudo, esos fármacos no son mejores que el placebo. Médicos e investigadores se cuestionan si el usuario y el público general debe conocer estos problemas de la ciencia y la medicina, ya que muchos escépticos están pensando en tratamientos alternativos o rechazan la mayoría de las intervenciones médicas. Tampoco se les escapa que el aumento del escepticismo social puede afectar a la cuantía de los fondos de investigación.

Ioannidis sí lo tiene claro: “si no decimos nada a la gente sobre estos problemas, no seremos mejores que los que no son científicos y afirman falsamente que pueden curar. Si un fármaco no funciona o no estamos seguros de algo, ¿por qué deberíamos decir lo contrario, por cuanto tiempo podríamos engañar a la gente? El problema podría mejorar si la gente dejara de esperar que los científicos tengamos razón. Podemos equivocarnos siempre que se reconozca el error en vez de disfrazarlo de éxito. mientras que las carreras profesionales estén supeditadas a la producción de investigación disfrazada para aparentar ser mejor de lo que se es, los científicos seguirán haciendo eso”. “cuanto mayor sean los intereses financieros, menos probable es que los resultados sean verdad, todo ello lleva a conflicto de intereses y a una epidemia de médicos y pacientes mal informados.

Esto se llama cientifismo o pseudo ciencia; yo la llamo ciencia-ficción.
Ioannidis es hoy un líder carismático, es el jefe del Centro de Investigación Preventiva de Stanford. Sus máximas son muy elocuentes y muy a tener en cuenta:
"En general, no solo los resultados de investigación son falsos, sino aún peor, la mayoría de los resultados verdaderos no son útiles. Hacer investigación sin utilidad no tiene sentido, hace tiempo que el sistema debería haberse reformado."......., sigue diciendo enfadado: “Las personas siguen muriendo y son dañadas debido a declaraciones médicas falsas, no por curanderos, sino por errores de investigación médica”.

Gracias maestro por comenzar esta nueva senda que espero tenga cada día más seguidores. ¡A su salud!

 

Reflexiones en torno a la Navidad de 2017

En épocas muy alejadas de nosotros se utilizaban mensajeros para comunicar información. Estos individuos portaban, escrito o de palabra, un determinado despacho que una persona dirigía a otra. El mensajero estaban totalmente liberado de cualquier culpa, por cuanto el mensaje que transmitía era en nombre de quien lo enviaba: así es como reza en un antiguo romance castellano que en una de sus estrofas incluye:

Mensagero sois amigo
Non mereceis culpa nonne.

Es decir, ‘mensajero: sois amigo, no merecéis culpa alguna.’
Mediante este procedimiento, según refiere la historia, fue como Jesús, para comunicar su inminente venida al mundo, se valió del mensajero Juan el Bautista.

Pero desde aquella lejana época a los actuales tiempos las costumbres han cambiado bastante, pues desaparecieron los mensajeros ya que ahora contamos con otros medios de comunicación más inmediatos y persuasivos. De esta forma, para avisarnos de que se aproxima el aniversario de aquel trascendental acontecimiento ocurrido hace más de veinte siglos en una humilde aldea de Belén, quienes manejan los hilos de la economía de consumo emplean —cada vez con más insistencia y premura— luces, músicas y adornos navideños. Con ellos nos invitan a adquirir productos, no siempre necesarios, para procurarnos una más agradable Navidad. Festividad que celebramos —mientras no la varíe algún Papa—  el 25 de diciembre.

Como nadie sabe el bien que tiene hasta que no lo pierde, es propio de la condición humana, al ser diciembre el último mes del año, que sea en éste y haciéndolo coincidir con el tiempo navideño, cuando se nos ocurre hacer examen de conciencia para evaluar cómo ha sido nuestro comportamiento a lo largo de ese año que está a punto de fenecer, y también, cómo no, propósito de enmienda para marcarnos determinados objetivos que trataremos de cumplir a lo largo de ese otro año cuyo preludio se avecina.

Paralelamente, junto a este cúmulo de buenas intenciones, solemos acordarnos de nuestros parientes más próximos y de aquellos amigos con quienes compartimos convivencias, al menos, una vez al año.
Y ya por fin, a lo largo de este extenso preámbulo y para dar rienda suelta a la demanda de mi espíritu, alcancé el tema sobre el que os quiero hablar: la amistad.

Pero antes de daros a conocer mi punto de vista acerca de este cordial vocablo, se me ocurrió pasear por el mundo de la cultura y descubrí opiniones de él, nacidas de personas e instituciones sumamente ilustradas, las cuales os transcribo. Así comienzo por Aristóteles, mi filósofo preferido, quien afirmaba que existen tres tipos de relaciones positivas entre los seres humanos, las cuales establecía como sigue:

Afecto, cuando al objeto amado se estima menos que a sí mismo; amistad, si el objeto amado es estimado en igual medida, y devoción, si se estima el sujeto menos a sí mismo que al objeto amado.

Es decir, para Aristóteles, amigo es el que aprecia al otro igual que a sí mismo; y reforzaba su teoría con la siguiente cita: la amistad es un alma que vive en dos cuerpos y un corazón que vive en dos almas. Ahora continúo con la obra Tesoro de la lengua castellana o española, escrita por Sebastián de Covarrubias y Orozco, publicada en 1611 y dedicada al rey Felipe III, la cual no recoge ninguna entrada a la palabra ‘amistad’, aunque sí indica que está íntimamente relacionada con ‘amar’, acerca de la cual dice lo siguiente:

AMAR es querer o apetecer alguna cosa. Amor es el acto de amar, lo primero y principal sea amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo. Díjose del verbo latino amare. No tengo que detenerme aquí pues he dado la etimología latina.

Comprobamos que coincide con Aristóteles en el sentido de que hay que amar al prójimo como a uno mismo. Pero veamos qué encontramos sobre la ‘amistad’ en el Diccionario de autoridades, elaborado por la Real Academia Española entre 1726 y 1739 y dedicado al rey Felipe V:

AMISTAD. Amor, benevolencia y confianza recíproca. De tres maneras se entiende la amistad: honesta, deleitable y provechosa.

Por cierto, a tenor de lo visto, ganas me dan de dedicar este escrito a Felipe VI, pero no lo voy a hacer. Vuelvo a mi tema y vemos que aquí aparece algo nuevo: que el sentimiento de amistad ha de ser recíproco. Por último, en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, hallamos la siguiente definición:

amistad. Del latín vulgar amicitas, derivado del latín amicus ‘amigo’. Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato.

Definición que reitera que la amistad ha de ser compartida y añade que se fortalece cuando las personas implicadas se frecuentan. Al llegar a este punto yo podría añadir, también, diversas citas sobre este tema de acreditados personajes, puesto que las hay ingeniosas y abundantes en número, pero como no es mi deseo desarrollar aquí una tesis doctoral ni mucho menos aburrir a quien esto leyere, decido concluir mi atrevido escrito con unos párrafos en los que expongo el concepto que tengo de vosotros —familiares o amigos— en cuanto a la relación amistosa que nos une.

Personalmente me considero muy afortunado por el hecho de haberos conocido, ya que con vuestra actitud, con vuestras palabras, con vuestra compañía y con vuestro apoyo me habéis mostrado siempre cómo sois y me habéis ayudado a ser mejor; tanto es así que, si no contara con vuestro trato me sentiría incompleto. Por ello, me gustaría, aunque sé que es difícil, que coincidiésemos en más ocasiones, pues la agradable sensación que experimento al estar en vuestra compañía es de todo punto inefable para mí.

Y por último, tened la seguridad de que, si en alguna ocasión no cumplí las expectativas que de mí esperabais, fue porque el caprichoso destino jugó conmigo y me impidió hacer lo que deseaba. Considerad este escrito como un homenaje de reconocimiento hacia vosotros y contad con que siempre os tengo y os tendré presentes, ya que ocupáis un reservado y cálido lugar en mis sentimientos.

¡Feliz Navidad, 2017!

 

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